lunes, 8 de febrero de 2010

Una Imagen

Un anciano comió a mi lado, acodados
los dos en el amplio mostrador. Ruidos
del ambiente, manos que se cruzan en
nuestras narices retirando pedidos,
voces mezcladas, acentos no comunes,
mas ruido...
Yo con mis porciones de pizza humeante,
muzzarella en exceso. Me empacho de solo
verlo. Demasiada abundancia, excesiva, para
solo llenar el estómago. La gula no es mi vicio...
El, junto a su inmensa tarta de verduras, que no
cabía en su plato. Un vaso de moscato y un vaso
de agua fría, para aliviar el ardor de la uva y así
disfrutar su sabor.
Lo contemplé por unos instantes, de forma
disimulada, así vino a mi mente,
el recuerdo de mi abuelo.
Mismo cráneo pulido, misma estatura, mismos modales,
elegantes modales, denotaban su educación.
No era un simple viejo, arrojado a las calles del centro,
en busca de su plato diario que le permita subsistir,
y asi seguir el camino hacia su final.
Estaba solo, al igual que yo.
Dos y media generaciones, unidas por la soledad
momentanea a la hora de una frugal cena. Perderse
en la comida, alivia la mente. Uno se distrae
mientras se evapora del plato, al compás
de los cubiertos, y el líquido digestivo,
el alimento que calentará nuestros estómagos,
para despues seguir, o quizás volver a estar sólo con uno
mismo...
Solo conversamos, por un circunstancial detalle, unas pocas
palabras, el acento del personal que atendía. No era
castellano con acento porteño, no era
el lunfardo del conurbano ni de la capital,
propio de una incipiente educación, era acento mercosur,
acento limítrofe.
Coincidimos en el país, coincidimos en sus actitudes frente
al trabajo...
No quise darle mucha charla, me pareció un atrevimiento,
quise que disfrutara su alimento, que llenara sus carencias,
como yo las mías.
Lo vi cansino, pero al mismo tiempo relajado
y féliz ante su manjar.
Me despedí cordialmente. Así terminé. Así me fuí...

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