A vista de pájaro
No tomé conciencia aún, que nuevamente fui vomitado a las calles de mi ciudad.
Caminé en la noche, de azul negra, fría, desnuda y estrellada.
Todo sigue igual como la última vez que la dejé.
La dejé y abandoné, a merced de los mismos deshechos humanos que serpentean por sus veredas sucias, olorientas e intransitables.
Manadas de huesos abrigados, que cubren la sangre caliente de esos cuerpos impíos y sucios al mismo tiempo. De la misma manera que las almas perdidas, hacen guardia en las entradas de los cementerios.
Las luces, solo disimulan, con un maquillaje de poco valor y de intenso pastiche, lo débil que esta mi ciudad.
Expuesta como siempre a proxenetas, mendigos, buscadores de vida simple, evasores de impuestos y ricos que no encuentran donde asentar la extensión de sus genitales de última generación.
Exhibicionistas impúdicos de una sociedad mutilada de órganos de control, que únicamente respira porque todavía nadie se atrevió a cerrar sus narices con excremento de cloacas suburbanas.
Mientras tanto, como suele decir un locutor en las radios…en Buenos Aires, otra hora comienza…
