lunes, 16 de agosto de 2010

Confío

Confío en el mañana,
más no creo en el futuro.
Confío en mis virtudes,
más no creo en la sinceridad de
los sentimientos hacia mí.
Confío en mis palabras,
más no creo que la realidad las
perciba igual.
Confío en los besos,
más no creo en los malabares linguales.
Confío en la sensualidad,
más no creo en la sexualidad condicionada.
Confío en la piel como idioma,
más no creo en la suavidad de las otras.
Confío en los fluídos,
más no creo en las vertientes contínuas
simuladas.
Confío en la mirada de los ojos,
más no creo en la profundidad de la vista
ante un espejo.
Confío en la delicadeza de los labios,
más no creo en los colores que los hacen brillar.
Confío en las piernas de una mujer,
más no creo que aprieten como debe hacerse.
Confío en mis líquidos,
más no creo en la humedad declamada.
Confío en mi olfato,
más no creo en los perfumes muy dulces.
Confío en los diálogos,
más no creo en los oídos que dicen escuchar.
Confío en mis pasos,
más no creo en las huellas que los otros dejan.
Confío en mis dudas,
más no creo en las confusiones ajenas.
Confío en el arte amatorio,
más no creo en el arte de amar estudiado.
Confío en mí,
más no creo que los demás opinen lo mismo.

Transicion

Uno tras otro pasan los días con sus horas más amargas hasta en sus escasos minutos de paz.
La delgada línea de cobre que conduce la la electricidad de mis signos vitales, está pronta a quebrarse.
Por momentos, solo tengo deseos de quedarme petrificado como una hoja volcánica, con el propósito de mantenerme vivo, en un estado de suspensión casi inanimada, bordeando los límites de un coma inducido, que me adormezca aún más mis sentimientos y no los exponga al contacto del oxígeno, provocando la oxidación de mi propia alma.
A veces me pregunto si todo esto debo transitarlo, para trasponer la puerta de la cordura, obteniendo de la fuente de luz de la vida, el sino de la paz, la tranqulidad de mi espíritu y la superación de mi entendimiento.
¿Porqué es algo cotidiano, sentir las ataduras alrededor de mi corazón que me hacen doler el pecho, con angustias y desvelos inútiles?
Ese son. Ese batir. Esa pulsación ascendente en intensidad, taladra mis oídos en las noches silenciosas, que únicamente desaparece con los roces de las ánimas que contemplan mi descanso.
Sus avisos me asustan, pero sus contenidos me impresionan aún más.
No puedo leerlos, no puedo tocarlos. No puedo escuchar sus voces, sus tonos, sus melodías con sus cánticos de esperanza.
Sólo mis ojos se abren en la negritud reinante, y responden con movimientos imperceptibles e involuntarios.
Es mi alma la que les habla. Pero yo aún no estoy listo para cruzar esa compuerta que separa la comprensión de la irracionalidad. Aún no…