Siglo XXI
Un balde de agua helada me devolvió el sentido.
Cuando percibí donde me encontraba y en el estado en que estaba, supe que no estaba en mi mejor momento.
Atado con cadenas a una silla de hierro macizo, que me era imposible de mover, supe a ciencia cierta que no valía la pena derrochar energías en algo innecesario.
Sentía un dolor intenso en mi pómulo derecho y apenas podía abrir mi ojo.
Alzo la vista y observo frente a mí a un hombre. Inmensamente grande, hasta se podría decir gigantesco. Su nombre……Carlos Ibañez, Controlador del Area II, dependiente de la Jefatura I y respondiendo a las directivas del Departamento de Control y Restricción del Amor y el Deseo. A su lado estaba otro hombre. En este caso era más pequeño de contextura con relación al anterior, pero no por eso menos fuerte. Su nombre……….Desiderio Sosa, lugarteniente del Controlador.
Estaba viviendo en una época equivocada y a su vez me encontraba en el lugar equivocado con la persona, en este caso, adecuada, a obtener de mí todo lo necesario para satisfacción del Ministerio.
Ambos se notaban agotados, tanto o más que yo. Creo que el castigo que me aplicaron, los desgastó como a mí.
Entonces fue cuando comenzó un diálogo, sin golpes, sin métodos represivos, se diría más bien ameno, de confianza.
A esta altura, creo que solo faltaba una caricia para que me quebrara totalmente.
Abrí lo más grande que pude mis ojos y agudicé los sentidos para entender sus preguntas y tratar en lo posible de responder de forma coherente.
-¿Porqué me pegaron?................pregunté.
-Nadie lo hizo…………………..respondió Sosa.
-Es tu propia mente la que te flageló…………..agregó Ibañez.
-¿Dónde estoy?..........................pregunté.
-En el mejor de todos los lugares…………dijo Sosa.
-En tu propia alma…………………………continuó diciendo Ibañez.
Solo atiné a reírme, mientras escupía coágulos de sangre pegados a mis labios.
Al mismo tiempo que movía la cabeza, en el ida y vuelta de mi esputo sanguinolento, sentí como mis músculos se contraían involuntariamente y hacían que mis piernas se pusieran tensas como sogas atadas a cabos de un puerto abandonado.
-Tranquilo…….dijeron los dos al unísono…-de nada vale que forcejees, no podrás salirte de donde estás.
-OK……………..fue mi escueta respuesta.
Ibañez me habló al oido y me preguntó…
-¿Cómo cuernos se te ocurrió enamorarte...?
-¿No has tomado conciencia que las leyes no permiten eso a hombres de tu edad?
-¿Es que seguirás con esa postura tuya, que el Amor se presenta a cualquier edad?
-Te atreverías a reincidir?
-¿O has escarmentado?
-¿O necesitas más medicina con algún agregado que te haga entrar en razón?
Tantas preguntas juntas solo hicieron que moviera mi cabeza de manera confusa, lo que casi me ocasiona una sucesión continua de vaya uno a saber que clase de golpes.
Solo dije...
-No pude evitarlo. Fue mi corazón. Mi pasión. Mi esencia…
Cuando Ibañez sacó de entre sus ropas una mancuerna dorada con una inscripción que decía….”Culpable”…
En esos momentos, se abrió una de las puertas del cuarto. Entró otro hombre. En este caso era delgado, alto, parecía una lapicera con piernas. Su nombre………..Amancio Paredes. Subayudante de los otros dos gorilas.
Traía consigo una nota. Le temblaban las manos. Se la entregó directamente a Sosa. Éste la leyó al mirar y se la dio a Ibañez.
Ibañez se calzó unos espejuelos de metal y leyó detenidamente lo que allí estaba escrito. Soltó una carcajada y sosteniendo el papel en su mano izquierda, agitándolo, como si fuera un abanico, me dijo simplemente...
-Caballero, han pagado su fianza. Está libre…
-¿Fue Ella?..........dije yo.
Ahí recibí la misma descarga de furia sobre mis piernas. Opté por cerrar mi boca, y apenas murmurar silabas monocordes.
-Sosa…dijo Ibañez…..déjalo que se vaya.
-Asegúrate que esté presentable, porque está su madre afuera esperándolo…
-¿Ella?....musité yo.
Nuevamente la descarga con más intensidad que las otras veces.
Solo salió de mi boca un grito de espanto, que hizo que esas dos moles humanas, abrieran sus ojos de forma desorbitada.
Agregaron casi como un eco, por la diferencia de centésimas entre una voz y la otra…
-Veo que estás, entendiendo...
-Hay cosas que no se deben volver a nombrar ni hacer...
-Todo es diferente ahora, Señor...
-Atrás quedó esa clase de sentimientos...
-¿Olvídalos, si?...
Sosa me quitó las cadenas. Me entrego una toalla caliente, para que enjugara mi rostro y tenga una apariencia más o menos normal. Me ayudó a vestirme. Seguían algunos reflejos lejanos de dolor, pero se pasaban rápido.
Me paré frente a un espejo, acomodé lo mejor que pude el resto de mi vestimenta, mientras Ibañez, me entregaba un papel, que haría las veces de salvo conducto, para poder salir de las instalaciones, donde me encontraba.
Me dio su mano, con la intención de estrechar la mía. Yo lo miré, ya casi no tenía fuerzas y apenas alcé la diestra, a modo de despedida.
Él sonrió, lo mismo que Sosa, quien desde el fondo de la habitación, reía como una comadreja.
Salí de allí lo mas rápido que pude, sin siquiera darme vuelta atrás, no sea cosa que se hayan olvidado de algo, o que me convierta en sal…
Afuera estaba mi madre. Con sus ojos llorosos me abrazó y me dijo…
-Hijo, ¿estás bien?
-¿Qué hiciste?
-¿Te lo había advertido si o no?
-Si madre, si…tienes razón…soy un viejo que cometió el peor error que un hombre puede cometer….Enamorarse.
-A todo esto, madre, gracias por pagar la fianza…..le dije.
Ella solo me miró y sorprendida me dijo…
-No fuí yo quien pagó tu fianza…
-Fue ELLA...
