lunes, 12 de julio de 2010

Supremo


No puedo más que hundirme en tu carne, electrizándome las arterias, que como interminables carreteras, me conducen hacia tu peristilo.
Siento la necesidad de libar el polen adherido a tus paredes internas, pintándolas como un artista en su apoteosis inspirativa. De púrpura y fuego, dando rienda suelta a movimientos de danzas tribales, escuchando zumbidos. Son las alas de colibríes, sublimes partituras marciales, que sincronizadas por la respuesta tuya, emiten ecos intermitentes, igual que tus latidos.
Se producen resonancias en la habitación. Los espejos, testigos infinitos de ojos y manos que se acercan frenéticamente una y otra vez, buscan, los tesoros brillantes. Son gotas que ruedan como monedas, dejando huellas y surcos en la piel. El frenético baile aceita las articulaciones. Son palas mecánicas que horadan la tierra, y en su locura, buscan el oro y la plata. Son conquistadores, abriéndose paso entre el vapor de las selvas más húmedas y acallando los gemidos de un coro desprevenido, que deja paso a las voces protagonistas de esta ópera física y bestial…

Batalla


Pienso en ti, con la fuerza de Atlas, sosteniendo los cielos.
Invadido tengo el espíritu de colores y de figuras mitológicas, estandartes de ejércitos, dispuestos a la batalla.
El tronar de los cañones, anticipan la marcha de la infantería, con todo su esplendor y brillo en sus uniformes. Resuenan en mis oídos, esos estruendos, como en las tormentas más intensas.
La sangre se esparce y se licua por mis venas, con cada explosión de placer.
La lucha cuerpo a cuerpo, se materializa en el aire, con el sabor inconfundible de la adrenalina, mezclada con la fanfarria musical de filosos sables y plomo candente que penetran las carnes mas firmes.
Desparramadas sobre la seda, gotas de sudor, como coronas de espinas sangrantes, dibujan sudarios, de siluetas trenzadas, que como un nudo gordiano, esperan la carga final de la caballería, que barrerá los campos con su galopar, espumas brillantes y resoplidos, a la velocidad del frenesí que rompe cadenas, grilletes de la pasión.
Atropellando y cortando las flores, de raíz, hasta dejar tendidos en posiciones absurdas e imposibles de adoptar por voluntad propia, los cuerpos y nuestras almas, secas, como pozos del cual saciaron su sed, los ángeles, antes de regresar a los cielos…