viernes, 12 de noviembre de 2010

De mal en peor

Que fácil me ahogo en mis pensamientos. Que fácil encuentro el suicidio mental en momentos así.
Durante el último tiempo he leído innumerables veces, al suicidio como palabra, como acción, como resolución a lo angustiante y frustrante de la vida. Un corte del futuro. La salvación mefistofélica. La salida y la liberación. La entrada... ¿A dónde?, escapar como un poseído.
A veces los hombres, como los leones del zoológico, están viviendo en una jaula diferente, pero jaula al fin.

Silencio

Me siento muy solo. El silencio que está alrededor mío es abrumador.
Pesado como una niebla densa, cargada de humedad. Aceite sobre la piel, que no deja pasar el sudor.
No tiene olor. No tiene un perfume característico. Pero huele a desamparo.
Desconozco como es el olor, que algunos dicen, que tiene la muerte cuando ronda a un hombre. Pero sí puedo decir, que la fragancia de la soledad es dulce, narcotizante. Uno percibe esa sensación de mareo, donde el eje de tu cuerpo se balancea involuntariamente.
Te envuelve como un manto púrpura, al mismo tiempo, inmisericorde. Una especie de mortaja humedecida en óleo, que se adhiere a tu piel, poco a poco a tus músculos y miembros, hasta anudarse, por si sola, tensa y firmemente se cierne sobre tu garganta, ahogando, maliciosa y cruelmente tu voz con la consecuente falta de irrigación de sangre a tu cerebro.
Es allí, en ese momento, en que bajas los escalones. Desciendes a una profundidad que una puerta inmensa, te frena el paso. Es la puerta de tu alma. Al abrirla y trasponer el umbral que te separa de la realidad, es cuando entregas consciente, tu vida. Sí, tu propia vida, esa estrella que es la de tu espíritu.
Y sólo tú, puedes librarte de ese abrazo. De ese susurro sensual, que no se aleja de tu corazón. Te abruma, te borra los rasgos suaves de tu rostro, comienza tu metamorfosis, hacia una expresión de locura. Tu mirada no será nunca más la misma.
Desprende con todas tus fuerzas esa estrella. Arráncala de tu pecho. Contémplala entre tus manos. Aprecia su brillo y su calor. Apriétala bien fuerte en un puño. Elévalo al cielo y pide por la liberación. Nunca te entregues.
Yo lo hago y lo seguiré haciendo día a día, noche a noche…