lunes, 26 de julio de 2010

Que noche, esta noche...


Suspendido entre espuma sintética, reposando mi espíritu, mi cabeza se aprieta al mullido algodón, esperando la llegada de la oscuridad total.
Mis ojos aún abiertos zigzaguean en derredor, y la noche se apodera totalmente de mi cuarto.
El frío reinante abraza con virtuosísimo énfasis mi refugio convirtiéndolo en una morgue aséptica a olores fétidos.
Solo quedan restos aromáticos de nicotina a medio terminar. El tabaco quemado se mezcla con el perfume dulzón que pretendió ocultarlo en vano.
Extendido cual cadáver expuesto en el tanatario, cierro suavemente los ojos, ahora sí, buscando las luces de soles brillantes que me acercarán al territorio de Morfeo.
Sin duda no puedo trasponer el vallado, el muro que separa la realidad y el sueño.
Golpes, si eran golpes, lo que en mi mente atormentan mi descanso merecido.
Recuerdos no eran, solo representaciones macabras, sin sentido, cuerpos entremezclados, deseos inconclusos, rabia, reproches, despechos, genitalidad en toda su exposición.
Derrames innecesarios de plasma, que flotan en ese espacio, donde el tiempo se convierte en una dimensión inaccesible.
No puedo palpitar excitación alguna. No me dan, los movimientos tan rápidos de las agujas del reloj, ni tampoco mi voluntad. Rezos al cielo, invocaciones a los Santos, deseos de metamorfosis, promesas a cumplir, martirios a cumplir, en imaginarias cámaras de torturas.
Por más que doy vueltas, buscando una posición relajante para mi cerebro, solo logro, que la estupidez se acreciente. Palabras incoherentes, que resuenan en la gélida atmósfera, me atemorizan más.
Me levanto, decidido a poner fin a esta noche…

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