martes, 20 de julio de 2010

Fósforos

Encontré en los caminos de la vida, un pedernal, de por sí intrigante, bello y radiante.
De formas voluptuosas, que el tiempo forjó a instancias de rechazos, recelos y venganza. Se parecía a una ninfa, una descendiente de Afrodita.
No tuve más que observar como sus destellos de belleza me atraían como nunca me había sucedido antes.
No dudé un momento en acercarlo a mi pecho. Oh Destino!,
que bien más preciado, me has presentado. Lo abracé fuertemente y besé.
Poseí su energía, sacié mi sed de alegría.
Froté su coraza, que el pasado había ocultado bajo capas de olvido y descuido.
Se sacudió como nunca antes, vibró y desparramó todo su potencial.
Encendí una y mil veces, el fuego de sangre y fluidos que ambos poseíamos, con los fósforos que llevaba conmigo.
Pero no advertí, que ellos se consumían y no se transformaban en cenizas. Sólo eran restos deformes, cubiertos de tizne, que dejaban marcas imborrables en mí. Uno a uno se acumularon en mi corazón. Traté de unirlos, pero no lo conseguí.
La piedra, claro, era solo una piedra, fría, que solo produce chispas según la ocasión.
No sin razón, caminando después, por los bosques más densos, pude ver en las noches frías sus luces. Había cientos de ellas.
Así comprendí que la vida, está llena de pedernales, que solo sirven para eso. Un tiempo, nada más que un tiempo, efímero, como el día.
El verdadero fuego lo poseen los héroes.
Yo mientras tanto sigo forjando mi futuro. Mi fuego eterno nunca se apagará, ni nadie lo malogrará.

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