Ni que fuera Dios...
Ni que fuera Dios…
Esa arrogancia y soberbia de querer abrazar a todos al mismo tiempo. Inmiscuirme en sus tragedias, con el afán de ayudarlos, cuando la realidad de mi corazón, sólo quiere más cal y arena para petrificar ese músculo y así tapar, sepultar como a un cadáver, sus despojos, mis despojos de angustia que mi alma posee.
Pero eso no basta…
Siempre quedarán huesos, después que los gusanos se sacien de esa tristeza hecha en carne, mientras, el dolor continúa.
¿Y luego que?...
De esos restos óseos, sólo el fuego es capaz de eliminar los rastros. Claro, las cenizas, son simple polvo, abono fecundo.
Pero…
¿Quién las esparcirá por la ciudad, el campo, el mar o los ríos, para que desaparezcan por siempre?
¿Que ironía no?...
Siempre uno necesita de alguien, para una tarea así. Que sepa lo que es compartir, lo que es vivir, lo que es morir de a poco. Sentir las brazas de la soledad.
No cabe duda…
Ni siquiera el hombre solo, único poseedor de esta tierra. El único nexo con los Cielos, puede hacer algo tan simple como volverse polvo…

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