Mi último Sueño
Atado estoy, de pies y manos, con un alambre que corta la circulación de plasma, como los canales de riego de un viñedo viejo y marchito.
Así me vi, en un sueño por demás espantoso.
Rodeado por una muchedumbre de bocas que proferían blasfemias, procacidades y al mismo tiempo bendiciones.
Recostado mi cuerpo sobre unas maderas que hacían las veces de un patíbulo, típico a los expuestos en las revueltas francesas del siglo XVIII. Estaba parado allí, firme como un guardia salido de los recuerdos imperiales, mi Verdugo. Dispuesto y listo a cumplir con su trabajo.
Desde mi posición pude ver que donde debía pender la soga que protegería mi cuello, del frío reinante, había un gancho oxidado de carnicero de feria ambulante.
Todo me indicaba que, de ese instrumento, sería colgado boca abajo, y mi cuerpo, entonces, sería apaleado por el mazo de encina que el hombre sostenía, en posición de descanso, haciéndole ver como la misma imagen de San Judas Tadeo, inclusive con su cabeza apoyada sobre su pecho, esperando la orden.
Ya no tenía sentido mi vida. Mi aliento iba en ascenso, con una agitación fuera de ritmo. Mi pecho se agitaba, me era imposible desacelerar su compás.
Mientras tanto mi corazón aún se animaba a latir, de manera normal, como si fuera un rezo en silencio ante una imagen divina, con la esperanza, de que algo me quedaba por esperar.
Era un aviso que el sonido de mi sangre, me dejaba saber y oír que seguía vivo.
Mis ojos buscaron entre tantos rostros, gozosos, ansiosos de sangre, sedientos de morbosidad, que Ella estaba a lo lejos, entre los presentes, con sus ojos color de miel, bien abiertos, esperando la señal. Cubría, por momentos, su rostro con un pañuelo, ocultando así, las pocas lágrimas que con su brillo como diamantes, podía yo, desde donde estaba, ver. Sonreí, no se si sardónicamente o era una mueca, o una mala jugada de los músculos tensos de mi cara.
Así debía Yo irme. Ese el único método que ideó para que me saliera de su lado.
Un juicio malogrado, con testigos sudorosos.
Argumentos maliciosos. Encubiertos en disfraces, de verdades a medias.
Juzgado como un reo sin defensa. Solo mi palabra. Mi verbo. Mi prosa. Mi lírica profusa, pero nunca confusa.
Escritas con mi propia sangre. En hojas de parra, arrancadas del Edén. Que apiladas a mi lado, y rociadas de aceite combustible, pereceríamos, ambos al mismo tiempo.
¿Porqué? ¡¡¡OH Cielo Majestuoso!!!
Ten misericordia de este humilde trovador. Juglar de idilios amorosos. Amante, el mejor.
Atento como un buen Señor. Caballero en el deseo.
Diablo y Santo bajo las sábanas puras, pintadas de goce y placer.
Si solo mi intención fue amarla.
No sabía que en su corazón, tenía la marca de posesión de otro hombre en cuestión.
Su mente es la que sucumbió a la lógica y el sentido común.
No hubo aquí traición. Solo amor desinteresado, honesto y fecundado por mi salvaje decisión de atravesar su carne con mi insignia de varón.
Ella se entregó a mí, Señor. OH sí Señor de los Cielos.
No fui un burlador. Ni un tahúr con cartas de amor marcadas, la que poseyó su alma.
Fueron sus labios, mi aliento y mi pasión.
Ella no se resistió, OH Gran Juez. Sabes bien que aquí en la tierra, nadie defiende a quien pierde su cabeza por un sentimiento.
Es por eso que no miento, ni a Ti, OH Luz de las Luces, ni le mentí a Ella.
Ni subestimé mi carrera alocada, por llegar bien a destino.
Se que es largo el recorrido a su encuentro en un futuro, pero ya está listo, el Verdugo, blandiendo su garrote, augurando un certero golpe final.
Solo tu mano de bondad, clemencia y perdón aliviará mi dolor.
Te pido perdones mi vida. Yo me iré bien lejos. A otras tierras, para amar nuevas bellas piernas y caderas flameantes.
Tú sabes bien que no soy obsesivo, mucho menos posesivo con algún cuerpo inerme, ni cruel ni vengativo con un alma lastimada, aún tenga el corazón partido de batallas perdidas.
Solo tengo manos cariñosas, suaves y firmes, para sostener en alto el cáliz del cual pueda beber, y así colmar mi sed. Y abrazar su cintura, que adherida a la mía solo tenga palabras para decir…A ti no te olvido.

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