lunes, 16 de agosto de 2010

Transicion

Uno tras otro pasan los días con sus horas más amargas hasta en sus escasos minutos de paz.
La delgada línea de cobre que conduce la la electricidad de mis signos vitales, está pronta a quebrarse.
Por momentos, solo tengo deseos de quedarme petrificado como una hoja volcánica, con el propósito de mantenerme vivo, en un estado de suspensión casi inanimada, bordeando los límites de un coma inducido, que me adormezca aún más mis sentimientos y no los exponga al contacto del oxígeno, provocando la oxidación de mi propia alma.
A veces me pregunto si todo esto debo transitarlo, para trasponer la puerta de la cordura, obteniendo de la fuente de luz de la vida, el sino de la paz, la tranqulidad de mi espíritu y la superación de mi entendimiento.
¿Porqué es algo cotidiano, sentir las ataduras alrededor de mi corazón que me hacen doler el pecho, con angustias y desvelos inútiles?
Ese son. Ese batir. Esa pulsación ascendente en intensidad, taladra mis oídos en las noches silenciosas, que únicamente desaparece con los roces de las ánimas que contemplan mi descanso.
Sus avisos me asustan, pero sus contenidos me impresionan aún más.
No puedo leerlos, no puedo tocarlos. No puedo escuchar sus voces, sus tonos, sus melodías con sus cánticos de esperanza.
Sólo mis ojos se abren en la negritud reinante, y responden con movimientos imperceptibles e involuntarios.
Es mi alma la que les habla. Pero yo aún no estoy listo para cruzar esa compuerta que separa la comprensión de la irracionalidad. Aún no…

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