Tomar en cuenta
Por momentos me persigue el arrepentimiento en cada acción que realizo. Si bien no en su totalidad, si, en las que se refieren el exponer mis sentimientos.
Una culpa que actúa como una sombra, quitando luminosidad a mis apreciaciones, que en un principio son sinceras, emotivas, y que brotan desde lo más profundo de mi ser.
No he podido desentrañar la existencia de hipocresía, burla, reproche, rencor o alguna malicia entrelazada en cada una de las palabras vertidas, ya sea de forma verbal o escrita.
Reconozco, que escribiendo soy más locuaz y preciso que hablando. Es ahí, al hablar, donde mi mente se pierde en un sinnúmero de ramas y vertientes, de un simple lago, riacho o árbol menudo de tallo, produzco un arbusto, una enredadera, el cual, esa palabra, o esa agua, al principio cristalina, se convierte en un torrente descontrolado, que hace perder la noción, el concepto y el motivo real.
Considero, que suele pasarme que en el afán de expresar todo, con el objeto de liberarme totalmente, termino preso y condenado, cual vulgar ladrón de manzanas, sin defensa y con el ultraje que ello implica.
Mientras que escribiendo, la tranquilidad de las expresiones, los modismos, la síntesis y todo lo relacionado a la prosa, lírica o elegía, obtengo más libertad.
Esa es mi esencia. La libertad de mi ser. El encuentro conmigo mismo, pero debo admitir que me auto censuro en muchas oportunidades, para no perder ese saber que me brinda el destinatario de mis cartas.
La inseguridad a perder ese contacto, me vuelve frágil, débil, servil por momentos, meloso en algunas ocasiones, y por demás reiterativo, ocasionando en consecuencia un caos. Mi caos.
Consigo a veces, vencer ese escollo, salir de ese tráfico, pero son más las ocasiones en que me veo envuelto y enmarañado en mis propios pensamientos, consiguiendo con ello a posteriori, mi propia crítica excesiva, cruel y devastadora, que orilla el subestimar y vilipendiar mis sinceros sentimientos.

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