jueves, 23 de septiembre de 2010

Ciclo

El hombre nace, vive y muere por una mujer.
Cuando es recién nacido, tiene el instinto suficientemente desarrollado, para buscar los pechos de una mujer, su madre, para alimentarse. Juega con ellos, los acaricia, los aprieta, los engulle en su boca con pasión.
A medida que crece, se aferra a las piernas de una mujer, las roza con sus pequeñas manos, las acaricia, son su bastón juvenil, para que puedan servirle de apoyo en la etapa de sus primeros pasos.
Contempla la figura de una mujer, sus curvas, sin llegar a comprender el porque de esa belleza, pero si con la seguridad de amar y endiosar.
En las noches se duerme cálida y plácidamente, quedando los dedos de su mano como una estrella de mar, extendidos y relajados, sobre el cuerpo de una mujer. Apoyando todo su cuerpo por la piel de esa mujer.
Busca en su mente, analiza, piensa y razona, en su pubertad, cómo pudo y donde estuvo durante 9 meses dentro de una mujer, su madre, y de que manera pudo ver la luz por primera vez.
Ahí es cuando se convierte en hombre, y como una calesita de su infancia, cuando jugaba inocentemente, reinicia su laberíntico viaje a través del cuerpo de una mujer. Ya nunca más su madre, sino una mujer.
Ahora es cuando lo primero que le atrae de una mujer son sus pechos.
En el fondo de su memoria, anidan los recuerdos de su lactancia materna, la redondez de esos pechos, el olor, su suavidad. Y cuando sus ojos y su virilidad se posan en los pechos de una mujer genera de manera diferente una sensación única, majestuosamente explosiva. La sensación de esa carne suave, delicada, esponjosa. Siente deseos de besarlos, apretarlos, jugar con sus pezones, pegarse a ellos de manera natural. Girando de nuevo en ese carrousel que lo lleva en un viaje de adulto a niño y de niño de nuevo a adulto. Todo en un instante. Sus goces, ahora, son diferentes. Vuelve a nacer…
Se aferra luego a las piernas de una mujer, no como bastón de su incipiente caminar de niño, sino que se une a ellas, percibe la tersura de la piel, la excitación de todo su cuerpo. Experimenta el cambio constante entre su respiración y el galopar salvaje de su corazón. Ese cambio repentino sólo esta explícito en la naturaleza. Su propia esencia.
Esas piernas lo someten, lo aprietan fuerte, se anudan a su cintura, no lo dejan escapar. Nunca más podrá ser libre. Son cadenas que llevará siempre en su cuerpo, en su mente y en su propia alma.
Todo ese viaje por la vida, lo lleva a la deriva, lo torna diferente. Lo convierte en un niño nuevamente, y de manera distinta, ya no se plantea desde que lugar emergió a este mundo.
Ahora más que nunca, quiere hundirse en ese mundo, del que salió hace mucho tiempo. Quiere recorrerlo, quiere sentirlo en su piel, vivirlo, quiere perfumarlo con su simiente.
Y así repetir un ciclo que sólo Dios pudo entregar, un regalo, una bendición, al hombre en esta vida.
Y cuando ya se acerca el hombre al final de sus días, sabe que siempre, tendrá a una mujer. Una madre, o una esposa, o una hija, o una nieta o una enfermera, pero siempre tendrá a su lado como cuando nació a una mujer.

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