Mirando...
Por momentos en que mi realidad queda expuesta como una flor a los rayos del Sol de la mañana, tomo la lucidez necesaria de cuanto tiempo empleo en temas o circunstancias de mi propia alma, que solo incrementan con piedras emocionales, la carga de mi mochila, dificultando mi andar diario.
En las noches cuando las luces se van apagando una a una, veo desde mi ventana, el cielo azul intenso, y como de momento se transforma en un caleidoscopio de imágenes lentas y continuas. Destaco entre ellas la de estar como, invitado fantasma, en la misma habitación, amplia y decorada de Penélope, y ver como ella está tejiendo en las noches y cuando el amanecer iguala en luminosidad la reinante en ese amplio espacio, ella deshace su agotador trabajo, a la espera, a la inconmensurable espera y llegada de su amado Ulises. Detrás de las puertas, que durante la oscuridad la protegen, están los pretendientes, las aves rapaces, las fieras, sedientas de tener lo que es de otro. Que solo tienen en su mente el poder que genera un reino y el placer que puede otorgar una reina.
Yo, ante eso, hago una, simbología banal y repugnante, paso las horas pensando, razonando y al mismo tiempo desmenuzando los jirones de carne que aún siguen pegados al hueso, tendones y músculos, historias y amores, tejidos y grasa, pasado y futuro.
Días, horas, minutos y segundos de un absurdo sentimiento que a la inversa de la Gloriosa belleza, estoy inmerso en un lúgubre espectáculo de pasiones y tragedias sin sentido.
Hasta donde debe llegar el pensamiento vivo de un hombre, junto a todos sus ideales, de paz y libertad, o si se quiere aceptar la realidad impuesta, cruda y letal, que no pide ni pedirá permiso, metiéndose en mi pecho como un parásito que me carcome el corazón, para llevarse en su interior, mi alma y mi aliento.

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